

Con dos goles ante Austria, Lionel Messi condujo a la Selección al triunfo y a la clasificación, pero también volvió a desafiar al tiempo: a horas de cumplir 39 años jugó con la voracidad de un debutante, rompió el récord histórico de goleadores en los Mundiales y convirtió una tarde de Dallas en una nueva celebración de su leyenda
Un partido cargado de historias
“Ojalá puedas alcanzar una vida dignificada por el deseo insatisfecho”, escribió Louise Glück y muchos años después vino Lionel Messi a ratificar la sentencia, que hace un rato, a horas de cumplir 39 años, volvió a jugar con el anhelo arrebatador de un chico de 20. Los dos goles de hoy, en el 2 a 0 ante Austria, le significan erigirse en el máximo anotador de la historia de los mundiales –ahora en soledad, con 18– y ser top scorer del torneo con 5 goles. Argentina, por su parte, ya está en la próxima ronda.
El genio de Rosario monopolizó el mediodía de Dallas, cuyo estadio entero, rendido a sus pies, lo despidió como lo que es, un dios de nuestro tiempo. Fue conmovedor ver a los austríacos, dolidos por la derrota pero inevitablemente hechizados por el aura del 10, saludando su salida del césped. Lo padecieron pero de algún modo lo disfrutaron: la aventura de Messi ya pertenece al universo.
Esta vez, al campeón del mundo no le sobró nada. Austria ofreció la resistencia de su infantería, un batallón de educados y atléticos soldados que por momentos puso al equipo de Scaloni en aprietos. El europeo no es un equipo que desborde de imaginación, y la fantasía no está entre sus atributos, pero no es en absoluto ingenuo y tiene jugadores con oficio y con dinámica premium, lo que les permite, gracias a su fútbol industrial, enredarse en la conversación de la primera línea internacional.
Un episodio inmediato cambió el curso del comienzo y amagó con transformar para siempre el pulso de la batalla. A los 3 minutos una buena jugada en ataque finalizó con un lúcido pase de Enzo Fernández para Lautaro Martínez, que tras recibir fue derribado por los centrales austríacos. Penal, tras largas cavilaciones. Como era de esperar, Messi se paró frente a la pelota. ¿Tan rápido volvería a hacernos estallar? ¿Así de fácil era la cosa? No, esta vez no. Un rayo de duda cayó sobre su espaldas e imprevistamente pateó con la vulgaridad de un hombre común, uno que también sufre.
No había sido una semana tranquila para el 10, que muy probablemente atravesó un día del padre especial. El penal errado tuvo el efecto de la peor fake news en el ánimo del equipo, que sintió el golpe por el despiste del 10. Todo el estadio se envolvió en el estupor. Solo se escuchaba a los hinchas austríacos, que sabían que ese podía ser su momento y cantaban, o se pronunciaban, con cadencia disciplinada. El campeón trastabillaba, solo producía antimateria. Preso del desasosiego, atinaba a correr, como un perro labrador que persigue el juguete que le lanzan.
De a poco la atmósfera cambió su densidad y el desconcierto dejó de ser el lenguaje sentimental argentino. Ya no generaba temor el intento de sometimiento austríaco y el campeón volvió a pararse de manos, avanzando con la pelota aunque sin chispa, sin capacidad para producir un quiebre. Fueron largos minutos en los que el músculo le ganó a la intuición. Hasta que el partido pudo romperse, hasta que Messi hizo un giro de esos en los que el universo parece seguir de largo y combinó con Thiago Almada, quien se lanzó al ataque y combinó con el otro novato del equipo, Facundo Medina. Tras el centro del lateral se produjo la primera fractura en la Matrix de la jugada, porque Almada tuvo la sabiduría de dejar pasar la pelota y habilitar a Messi. Su decisión fue una obra maestra de la renuncia, porque fue ejecutaba por alguien que nunca marcó un gol en un Mundial y que además tenía todo el derecho a patear: estaba de frente y había conducido la pelota hasta allí. No lo hizo. La dejó pasar y esa generosa omisión le permitió a Messi, que acomodó de forma gloriosa la pelota, gritar el primero, para el delirio de los 25 mil argentinos que llegaron hasta aquí.
Es tentador decir que el gol tuvo efectos liberadores en Messi, por la semana que pasó y porque había errado un penal, pero después de tantos años de observarlo también es atinado creer que todo es relativo en él y que las leyes del dolor, esas que nos persiguen a todos, a él no logran emboscarlo. Como lo demuestra desde hace muchos años, el rosarino está dotado de un talento que asusta, pero también asusta su tenacidad competitiva, que da la sensación de que no puede ser profanada por nada, sea una marca pegajosa, un comentario tóxico o el efecto neutralizador del almanaque. Nada logra distraerlo o mitigar su pasión. El mandato de cualquiera es intentar, el de él es conseguirlo. Después del gol, aun con intervenciones esporádicas, era el único que desataba la energía de la escena. Messi tomaba la pelota y partículas de emoción se desprendían a su paso.
Ya en el segundo tiempo, el partido se ralentizó e incluso se volvió por momentos aburrido, carente de brillo. Argentina compartió la posesión de la pelota y se aferró atrás, con buenos trabajos en su línea de fondo, sobre todo de los marcadores centrales y de su arquero, el inefable Dibu Martínez. De los dos zagueros, es la figura de Lisandro Martínez la que crece cada vez más. Tiempista, veloz, buen cabezazo, Martínez completó un muy buen partido y se encamina a convertirse en el gran puntal defensivo de la selección. A su capacidad para ejecutar con mucho criterio el primer pase o salida del equipo se suma también su destreza para “fajarse” con los delanteros rivales, cuya fortaleza, en el caso austríaco, era intimidatoria.
Los minutos fueron pasando y los europeos comenzaron a exigir a Martínez, que además de descolgar un par de buenos centros sacó un tiro libre de Marcel Sabitzer, desde el vértice del área, que viajaba hacia el ángulo. Argentina solo mejoraba, solo cambiaba de frecuencia, cuando la pelota pasaba por el 10, pero la pelota no le llegaba, dividida y escondida entre escenas de fricción y de disputa. Lentamente, el duelo parecía perderse irremediablemente en el pasado, sin mayores emociones que las hasta entonces producidas. Un buen cabezazo de Nicolás González –una de sus virtudes– rozó el palo derecho de Schlager, el arquero europeo. Pero no había mucho más, todo era anodino, burocrático. Hasta que el genio de Rosario volvió a emerger entre las sombras de un partido que languidecía y recargó la electricidad de la tarde de Dallas. Messi habilitó a Julián Alvarez, que no pudo definir –los dos delanteros argentinos están bajos–, y volvió a tomar la pelota para buscar con desesperación el arco rival. Hubo un par de rebotes y la pelota quedó bollando. Entonces sucedió lo que parece ser el patrón de estos días: que el balón lo busca al 10 o, como mínimo, cae siempre en su jardín. Su forma de definir, tirándose a los pies, nos trasladó, a 40 años del gol de Diego a los ingleses, a la infancia. Tuvo ternura y ferocidad, como la de cualquier chico que se juega su porvenir en la canchitan. Como vemos cada día, se trata de alguien a quien la cúspide o el paso del tiempo no han logrado corromper. Alguna vez, hablando del amor, Vinicius de Moraes dejó una frase exquisita: “Que no sea inmortal puesto que es llama, pero que sea eterno mientras dure”. Vinicius hablaba de amor. Nosotros lo decimos de Messi.
PP/MG
Fuente> Diario AR

